La verdad incómoda del abuso infantil

República Dominicana está mirando un caso reciente que rompe por dentro. En Puerto Plata, las autoridades investigan la muerte de una niña de 3 años, y hay dos familiares cercanos señalados y bajo proceso. Digo “señalados”, porque la justicia es la que prueba y tipifica, pero aunque el expediente siga su curso, el patrón que este caso deja ver no es nuevo, lo nuevo es que esta vez es imposible seguir fingiendo que “eso aquí no pasa” y que este es un “caso aislado”.

Y por eso yo quiero hablar del abuso sexual infantil como lo que suele ser, un delito de oportunidad.

Porque el agresor no siempre aparece como un desconocido raro en una esquina, muchas veces es alguien que ya está adentro, alguien que tiene acceso, alguien que sabe a qué hora estás ocupada, alguien que entiende cuándo el niño queda disponible, porque el abuso no siempre entra por la fuerza, entra por la confianza, y la mayoría de las veces el agresor conoce a la víctima.

Según datos citados por RAINN, la Red Nacional contra la Violación, el Abuso y el Incesto de Estados Unidos, el 93% de las víctimas menores de 18 años conocían al agresor, 34% eran familiares, 59% conocidos, y 7% extraños. Por eso, cuando hablamos de violencia sexual en la infancia, el peligro suele tener nombre, cara, acceso y afecto.

Eso cambia por completo la conversación, porque si el agresor está dentro del círculo, la pregunta no puede ser “por qué no se defendió”, ni “por qué no lo dijo”, ni “cómo la mamá no se dio cuenta”, la pregunta real debe ser: ¿cómo protegemos a la infancia cuando el daño puede venir envuelto en “confianza”?

Y aquí entra una fantasía adulta que hace daño, creer que si algo malo pasa, el menor va a correr a contarlo de inmediato, y peor, ofendernos si no lo cuenta, como si el silencio fuera una traición, pero el abuso sexual infantil muchas veces empieza con grooming, que es cuando el agresor prepara el terreno para poder abusar y quedarse impune, se gana al menor, lo enreda, lo acostumbra, y lo amarra al secreto.

Y el abusador no lo hace con una sola frase, lo hace por etapas. Primero se vuelve “especial”, el que te entiende, el que te deja, el que te da, el que te premia, el que te defiende. Desde afuera parece cariño, por dentro es un anzuelo.

Después, cruza límites de manera muy sutil y comienza a hacer un juego que incomoda, una caricia que toca donde NO se debe, un comentario sobre el cuerpo, una “broma”. Si el menor se incomoda, el agresor lo manipula y le dice “tú estás imaginando”, “tú eres rara”, “tú eres exagerada”, y ahí nace la confusión, porque el menor siente algo feo, pero el adulto le dice que eso feo no existe.

Luego viene la deuda emocional, cuando le dice a el menor: “Yo te cuido”, “yo soy el único que te entiende”, “tú eres mi favorita”, “tú y yo tenemos algo especial”. Eso no es amor, es dependencia, y cuando ya hay dependencia, llega la culpa con las famosas frases “Si hablas, dañas a la familia”, “me metes en problemas”, “tu mamá se va a poner triste por tu culpa”, “nadie te va a creer”, y el menor termina sintiendo que el abuso es algo que él provocó o algo que él tiene que cargar en silencio para no destruir su mundo, porque su familia es su mundo.

Y el miedo no siempre es “te voy a hacer daño”, muchas veces es miedo a perder el cariño, miedo a que se arme un conflicto, miedo a que lo regañen, miedo a que lo culpen, miedo a que lo separen de la familia, y un niño o niña elige pertenecer antes que denunciar, no porque sea cómplice, sino porque es un infante.

Por eso, una niña de 3 años no solo tiene un vocabulario limitado, tampoco tiene herramientas internas para entender que lo que le está pasando es un delito. Lo vive como algo raro, incómodo, invasivo, pero mezclado con juegos, con atención, con premios, con esa confusión que el adulto construyó a propósito, y así es como el agresor se protege, haciendo que desde afuera parezca “un tío muy atento”, “un familiar cariñoso”, “un adulto servicial”.

Y ahora voy a tocar una frase que se dice con buena intención, pero que a veces deja al menor más solo, “si alguien te toca, yo lo agredo”.

Yo entiendo la rabia, pero un niño o niña escucha otra cosa, escucha: “si lo digo, yo provoco una tragedia”; “si lo digo, van a hacerle daño a alguien que yo quiero”; “si lo digo, yo destruyo mi familia”, y entonces calla para “salvar” a quien lo está dañando. Ese es el nivel de manipulación que un adulto puede hacer sobre una infancia.

Por eso, cuando un menor habla, no es porque “por fin se atrevió”, muchas veces habla cuando ya no puede más, cuando el cuerpo empieza a gritar, cuando la angustia lo enferma, o cuando aparece un adulto que no lo interroga como policía, no lo regaña, no lo asusta, no lo presiona, y solo le sostiene el relato con calma.

Y ojo con esto, cuando hablamos de abuso sexual infantil, no hablamos solo de violación, hablamos de cualquier conducta sexual o erotizada que se ejerce sobre un niño o niña, con o sin contacto, porque un menor no puede consentir y punto. Lo demás son excusas de gente que no quiere llamar las cosas por su nombre.

Este caso no es una excepción, es la punta del iceberg de una cultura que sexualiza la infancia y luego se hace la sorprendida cuando la violencia explota.

Vivimos en una cultura que idolatra lo joven, que empuja a mujeres a verse cada vez más niñas para ser “deseables”, que normaliza que un adulto “presuma” una relación con una colegiala, que se ríe del hombre que busca “una carajita” como si eso fuera una picardía. Vivimos en una cultura que convierte la estética infantil en fantasía sexual, que habla de vulvas “depiladas como niñas”, que normaliza que un padre diga que no le cambia el pañal a su hija porque tiene miedo de “no controlarse”, que los abusadores lo hicieron porque estaban borrachos, que juega con esa idea y luego se lava las manos cuando aparece el horror.

Y sí, también pasa en lo digital, porque hay plataformas donde circulan productos y contenidos que coquetean con lo infantil, que venden “muñecas sexuales con apariencia de menores” y cuando la sociedad no pone un freno moral, legal y cultural, la infancia termina tratada como mercancía, y eso no se arregla solo con indignación de un día.

Con este tema del abuso sexual me parece tan injusto, y tan conveniente para el agresor, que la sociedad casi siempre termine buscando a quién culpar, y muchas veces el dedo va directo a la madre: “Dónde estaba la mamá”, “por qué lo permitió”, “cómo no se dio cuenta”.

Como si la madre fuera todopoderosa, como si el agresor no planificara, como si el agresor no mintiera, como si el agresor no aprovechara momentos, como si la responsabilidad de cuidar a las infancias no fuera exclusiva de mamá, como si la culpa pudiera repartirse para que el responsable principal respire.

Culpar a la madre no protege a la infancia, protege al agresor, porque convierte un crimen en “fallo de supervisión o de crianza” y no en lo que es: un delito cometido por alguien que decidió hacer daño.

Entonces, ¿qué hacemos Elaine?

Educar sexualmente a las infancias no es adelantarles la sexualidad; es darles lenguaje de protección, es enseñarles que su cuerpo les pertenece, que hay partes privadas, que ningún adulto (sea hombre o mujer) tiene permiso para pedir secretos sobre su cuerpo, que “si te incomoda, se dice”; que, aunque sea alguien querido, igual se dice. Y es educar a los adultos también, para que sepan escuchar sin desarmar el relato, creer sin atacar, investigar sin culpar al menor, sostener sin convertir la revelación en una guerra que el niño sienta que la provocó.

Porque ningún infante está preparado para enfrentarse a un abusador, porque un niño no tiene el poder, ni el lenguaje, ni el control del entorno. El adulto sí, y por eso la responsabilidad de protección es adulta, no de la infancia.

¿Y qué hacemos con esta normalización de la cultura de la violación que la sociedad misma promueve?

Primero, dejar de aplaudir al hombre que presume “una carajita”, dejar de llamar “mujer hecha y derecha” a una menor, dejar de romantizar la diferencia de edad cuando hay desigualdad de poder, dejar de consumir y compartir contenido que sexualiza niñas, dejar de repetir frases que convierten el abuso en chiste o en picardía, entender que no solo las niñas pueden ser abusadas, también los niños son vulnerables,  y dejar de normalizar algo tan grave como un padre diciendo que no le cambia el pañal a su hija por miedo a “no poder controlarse”, porque eso no es prudencia, eso es una alarma y una admisión de riesgo. 

Segundo, poner límites claros en lo cotidiano, en la casa, en la escuela, en la iglesia, en la calle, en redes, donde sea que alguien intente convertir lo infantil en fantasía; y llamar las cosas por su nombre: el abuso sexual infantil es pederastia, no es una loquera de un hombre que bebió, no es un desliz, no es un accidente, es un delito.

Y tercero, dejar de buscar culpables fáciles para sentir control, como la mamá, y empezar a poner el foco donde siempre debió estar, en el agresor, en el acceso que se le permitió, en las instituciones que miraron para otro lado, y en una cultura que prefiere indignarse un día antes, que incomodarse todos los días, corrigiendo lo que aplaude.

Este caso duele, pero también revela; revela cómo opera el abuso cuando encuentra acceso, revela cómo se fabrica el silencio, revela cómo una cultura entera colabora cuando minimiza, cuando sexualiza, cuando duda, cuando culpa a la madre, y cuando solo se indigna después.

Si de verdad queremos que esto pare, hay que dejar de preguntar “por qué no lo dijo” y empezar a construir entornos donde sí pueda decirlo, donde sí le crean, y donde el que cargue con la vergüenza y la culpa sea quien la merece, el agresor.

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