Mi opinión sobre la miniserie «Adolescencia»

«Adolescencia», la miniserie de Netflix, es dura de ver, porque golpea donde más duele: en la vulnerabilidad de la crianza, en la soledad del adolescente y en el abismo entre generaciones que no logran hablar el mismo idioma.

Lo que más me impactó es que el guión no se queda en el morbo del crimen que cometió el adolescente de tan solo 13 años, llamado Jimy,  que más que contar una historia, te empuja a mirar de frente las fallas del sistema, la vulnerabilidad de la familia, de la escuela, de los mismos terapeutas, las grietas de la educación emocional, del poder de las redes sociales y los peligros de una masculinidad rota.

Desde el primer episodio, la serie desmantela la idea de que la adolescencia es solo una etapa de rebeldía o inmadurez; la relata como un territorio hostil, donde el deseo de pertenecer se convierte en una trampa y donde la aprobación pesa más que cualquier amor propio en construcción.

Lo más doloroso, es cómo revela la violencia sistémica que nos envuelve a todos, la que recae sobre los adolescentes, sobre sus familias, sobre los docentes agotados y desorientados, sobre una sociedad que sigue pretendiendo que el mundo no ha cambiado, que los viejos métodos siguen funcionando, que darle comida, techo, sermones y “valores” a los adolescentes los va a formar; que la paternidad y la maternidad pueden sostenerse en un entorno que nos obliga a ser hiper productivos y “exitosos”, mientras nos exige criar “bien”, sin darnos las herramientas ni el tiempo para hacerlo.

Es incómoda, porque nos enfrenta a una verdad que muchos no entienden: que el mundo de los hijos no gira en torno a sus padres. Repito: “el mundo de los hijos no gira SOLO en torno a sus padres”.

La familia es vital, claro que lo es, pero no es el único factor que define quiénes somos. Los hijos no crecen en una burbuja aislada, viven en un mundo con agentes de socialización que también los moldea: la escuela, los amigos, la cultura, las redes sociales, la música, las películas, la sociedad entera y todos educan.

Esta miniserie nos recuerda que la crianza no ocurre en el vacío. Nos recuerda que el entorno puede ser un terreno fértil o un campo de batalla que los devora.

Nos revela que cada hijo viene con su diferencia, que por más que queramos criar a todos los hijos de la misma manera y en la misma familia, cada hijo percibe y conecta con la misma familia desde su propia diferencia, y nosotros conectamos y le damos lo que podemos desde el contexto familiar de ese momento, desde la salud mental que tengamos en ese momento, desde nuestras propias heridas emocionales y desde nuestras propias diferencias.

“Adolescencia” también nos sumerge en la machósfera, un universo digital donde muchos adolescentes, especialmente varones, caen buscando respuestas a su frustración, y terminan adoctrinados en discursos de odio. Allí entra en juego la ideología Incel, que se refiere a «célibes involuntarios», un movimiento en línea formado por hombres que culpan a las mujeres por su falta de éxito romántico o sexual. En lugar de explorar su autoestima, su historia emocional o sus heridas, encuentran consuelo en comunidades que les ofrecen una explicación simple y peligrosa: el problema no eres tú, son ellas.

Estos espacios convierten la frustración en identidad, el rechazo en rabia y la tristeza en resentimiento estructurado. Y lo más perturbador es que lo hacen con códigos, emojis y discursos disfrazados de hermandad que muchos adultos ni siquiera entienden o notan. Así, el odio se viraliza con la misma facilidad con la que se comparte un meme.

Ver la misoginia del protagonista, con tan solo 13 años, hacia la terapeuta que lo entrevista, la necesidad de invalidarla y de imprimir miedo en ella para disfrazar su odio hacia sí mismo, es una verdadera pena.

La miniserie no solo muestra el ciberacoso como un fenómeno, sino como una manifestación moderna de la violencia, una que se filtra en la mente de adolescentes vulnerables, moldeando su percepción del mundo, de las mujeres, e incluso de ellos mismos. 

Nos recuerda que el problema no es solo el acoso, es la forma en que el resentimiento se transforma en una identidad colectiva, en un club de hombres heridos que encuentran en el odio un propósito.

“Adolescencia” toca de una manera magistral uno de los temas más dolorosos: cómo las adolescentes han sido entrenadas para cosificar su propio cuerpo con tal de complacer la mirada masculina.

Revela cómo el sexting (el envío o intercambio de contenido íntimo a través de mensajes, fotos o videos) deja de ser una simple exploración de la sexualidad y se convierte en una herramienta de autoaniquilación. Las chicas aprenden rápido que, en esta cultura hipersexualizada, su valor se mide según qué tanto logren atraer o complacer a los demás. No importa su inteligencia, su talento o sus aspiraciones, lo que determina su aceptación es cuánto están dispuestas a entregarse a la mirada del otro, aunque eso implique perderse a sí mismas en el proceso.

La serie retrata con brutal realismo cómo el sexting es una trampa sin salida para las jóvenes. Si lo hacen, serán juzgadas y humilladas; si no lo hacen, serán descartadas, invisibilizadas, dejadas fuera de un juego que nadie les enseñó a jugar sin perder.

En esta historia, la masculinidad frágil no es solo un concepto, es una bomba de tiempo en la que el poder masculino que vende el sistema termina devorando a quienes no encajan en sus estándares inalcanzables. Muestra cómo la presión social sobre los hombres los empuja a canalizar el dolor de formas destructivas y cómo la ausencia de espacios seguros donde puedan expresar vulnerabilidad, los deja con una única salida: la ira.

Pero, “Adolescencia” no es solo sobre los adolescentes, es también un retrato de los padres agotados y con heridas emocionales que traen de sus propias infancias, de los docentes que llevan sobre sus hombros más de lo que deberían, de una sociedad que insiste en ignorar las señales de alerta hasta que es demasiado tarde.

Es un recordatorio incómodo de que la violencia no aparece de la nada, de que cada acto de crueldad es el resultado de años de silencios, de necesidades no atendidas, de estructuras que no protegen ni sostienen a quienes más lo necesitan.

La serie va más allá de solo contar una historia y nos obliga a preguntarnos ¿cuántas veces hemos sido testigos de estos patrones sin darnos cuenta?, ¿cuántas veces hemos ignorado el dolor del otro con la excusa de que no es familia mía?, ¿cuántas veces hemos menospreciado o ignorado a alguien porque no aparenta tener poder?

Nos enfrenta con preguntas difíciles de responder: ¿qué estamos haciendo como sociedad para prevenir que esto siga pasando? ¿Qué ganamos con presionar a la gente para que tengan hijos? o de preguntar ¿cuándo viene el otro?, sin siquiera entender lo que eso implica.

«Adolescencia» es un llamado a la conciencia, un golpe directo a la negación colectiva y a hacernos entender que el problema no es solo del papá o solo de la mamá de Jimy, que los “culpables” no son los que queremos que sean; aquí el problema es de todos.

Y si después de verla seguimos pensando que esto es solo ficción, entonces no hemos entendido nada.

Disponible en Netflix

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