Una meta debería ser un objetivo alcanzable por ti, no un sueño envidiable de la vida de otro.
Una meta debería ser aprender que naciste para ser, no para complacer a nadie.
Una meta debería ser dejar de escuchar a esa gente que te envenena con sus palabras, salir de esa relación que te enferma, para enfocarte en aquellas relaciones que te sanan.
Una meta debería ser encontrar esas sombras personales para aprender a decorarlas y sacarlas a pasear, porque nos revelan la profundidad de nuestra propia humanidad.
Una meta debería ser nunca dejar de arriesgarnos para amar intensamente y compartir todo eso que sentimos con humanos que nos conectan con la vida, porque es mejor tener historias de amor que contar, que una vida sin amor que aguantar.
Una meta debería ser entender que la vida no es justa, que tendrás amigos reales y gente falsa cerca, y que tu trabajo será identificar quién eres y amarte bien para aprender a identificarlos y saber a quien escuchar.
Una meta debería ser saber vivir apreciando la belleza de cada etapa, sin querer madurar muy rápido ni envejecer demasiado lento. Sabiendo celebrar con elegancia la experiencia.
Una meta debería ser elegir tus batallas y con quienes luchas, recordando siempre que también se pelea la paz y que se lucha en silencio y en soledad.
La meta siempre debería ser crecer explorando nuevos caminos hasta que lleguemos a ese lugar que se parece a nosotros, porque cabemos, porque no tenemos que amputarnos nada para encajar.
La meta siempre debería ser que nuestro tránsito por esta vida encienda luces que le iluminen el camino a otros para que también encuentren su lugar, para que dejen de querer el de los demás.
La meta siempre debe ser levantarnos con el firme deseo de darle sentido a nuestra vida, aportándole algo a la de otros.
NO dejes de comprar mi libro: “Crisis y Liberación, la historia que jamás conté”.

