Mi opinión sobre “Turning Red”

Adelanto, que no se me hace posible dar mi opinión sobre esta joya de animación sin revelar detalles de la película; lo siento, pero la película me movió todas las teclas internas posibles, y las emociones con las que estoy escribiendo me gobiernan.

Pude sacar un espacio para sentarme con mi copa de vino y mis platanitos picantes para ver la nueva sensación de Pixar, Turning Red, junto al Jefe, que aceptó con mucho gusto la invitación de ver una película dirigida por una mujer, que habla de un tema netamente femenino.

La historia la defino como “una terapia” para cualquier mujer que quiera entender lo que significa ser mujer y lo que vivimos todas.

Amé la manera tan magistral como el guión revela lo que sentimos las mujeres cuando menstruamos y cómo la expresión de nuestro mundo emocional con sus luces y sombras por el desarrollo hormonal y sexual propio de la pubertad y adolescencia se ve como “malo”, como algo que debe ocultarse, domarse y nunca mostrar; porque el mandato de ser las “anfitrionas del mundo” quiere decir que siempre tenemos que estar sonrientes, calmadas y obedientes, para que nos consideren “normales”; hecho que al final termina deshumanizándonos y desconectándonos del placer de ser, para introducirnos en el papel de “parecer”.

Turning Red nos expresa con un relato demasiado real lo que sabe muy bien hacer el sistema, cuando controla nuestro cuerpo y nuestra identidad a través del mandato que se transmite de generación en generación de ser la “niña buena” para ser aceptada por la familia, y para recibir la aprobación de la mujer que debe amarte incondicionalmente (tu madre); pero a ella también la rompieron para enseñarle a exprimirte para “sacar lo mejor de ti”, aunque eso implique drenarte el alma y amputar tu identidad.

La rebeldía que le imprimió el panda rojo a “Mei”, la protagonista, que le permitió pensar por ella misma, tomar la decisión de complacerse, de conectar con sus pares como iguales, de cuestionar el mundo y a su propia madre, esa que asusta tanto al mundo adulto y que hizo que su abuela se enfocara en alejar el panda de sus otras hijas y de ella misma, es una muestra perfecta de cómo las mujeres somos educadas para esclavizarnos y aprender a marchitarnos en silencio, con tal de ser aprobadas.

El poder que le dieron a Mei de controlar su panda, surgió del amor, la aceptación y la complicidad de sus amigas. Este fue un mensaje demasiado poderoso que nos recuerda la importancia de la sororidad (apoyo y complicidad entre mujeres) que transforma la visión que tenemos de nosotras mismas y de cómo nos relacionamos con el mundo.

Ver a Mei aceptando a su panda rojo, haciendo las paces con sus emociones, rescatando su identidad, aunque eso implique alejarse de su madre y dejar de suplicar por su aprobación, fue uno de los momentos más épicos de la película.

Verla ayudar a la niña interior de su madre, guiarla y consolarla porque estaba tan herida como sus otras ancestras, fue mi parte preferida del guión completo, la más significativa y terapéutica, porque nos recuerda las heridas que todas tenemos y que también le pasamos a nuestras hijas de manera inconsciente, como un aprendizaje tragado y no reflexionado, porque al sistema no le conviene que sintamos para que no despertemos. Por eso, nos educan para desconectarnos del cuerpo y de nuestro placer.

El papel amoroso y empático del padre de Mei, esa figura masculina sensible, consciente y reflexiva fue otro de los regalos que nos aporta “Turning Red” de esa masculinidad positiva que tanto necesitamos y que estamos viendo con más frecuencia.

La amé y la volveré a ver varias veces.

Disponible en Disney Plus.

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