Hay películas que se disfrutan casi como un orgasmo, y Me llamo Agneta es una de ellas, no porque cuente la historia extraordinaria de una mujer que se va a Francia a buscar trabajo, sino porque muestra el momento exacto en que una mujer se cansa de vivir una vida donde todos la necesitan, pero nadie la ve.
Agneta tiene 49 años y su vida comienza a cambiar cuando la botan del trabajo donde llevaba años, y esto es muy importante, porque perder ese empleo no significa solamente quedarse sin una fuente de ingresos, significa perder uno de los pocos lugares donde todavía sentía que tenía una función.
Pero a veces la vida tiene una forma muy violenta de sacarte del lugar donde llevas demasiado tiempo acomodada y por eso, hay momentos que se sienten como un fracaso, como si todo se estuviera destruyendo, pero son el empujón que se necesita para tocar fondo, dejar de conformarte y empezar a construir la vida que mereces.
Porque mientras Agneta tenía su trabajo podía seguir soportando a su matrimonio, la indiferencia de sus hijas y la sensación de estar apagándose; podía mantenerse ocupada y convencerse de que su vida todavía funcionaba, pero cuando la botan, todo lo que llevaba años evitando queda frente a ella y ya no tiene dónde esconderse.
Sus hijas ya hicieron su propia vida y ella está casada con un hombre que no la ama, aunque él crea que sí, porque todavía hay demasiadas personas que confunden amar con necesitar que alguien les resuelva la vida.
Su esposo no se va, pero tampoco está. La necesita para sostener la casa, la rutina y la comodidad que ha construido alrededor de ella, pero no la escucha, no la reconoce, no la desea y, para colmo, se siente con derecho a criticar su cuerpo, su ropa y hasta la manera en que ella decide vivir.
Él representa a ese tipo de hombre que abandona emocionalmente a su pareja, pero después actúa como si fuera la mujer la que se echó a perder; como si él no tuviera nada que ver con el hecho de que ella lleve años sintiéndose ignorada, humillada y completamente desmotivada dentro de esa relación.
Por eso duele tanto la relación que tiene con la amiga con la que él se va a ejercitar, porque esa mujer responde al tipo de cuerpo y de feminidad que él admira, mientras Agneta tiene que observar cómo su esposo celebra en otra todo lo que desprecia en ella.
A veces no hace falta encontrar una infidelidad para sentirte traicionada, porque también existe una traición emocional que ocurre cuando la persona que está a tu lado te hace sentir que no eres suficiente y después utiliza a otra mujer para recordarte todo lo que, según él, te falta.
Pero Agneta no está vieja, está apagada, que no es lo mismo. Y no la apagaron sus 49 años de edad, la apagó una vida donde su valor dependía de cuánto podía resolver, cuánto podía aguantar y cuánto de sí misma estaba dispuesta a abandonar para no incomodar a los demás.
Sus hijas también forman parte de ese abandono, porque no aparecen como adultas preocupadas por saber cómo está su madre, sino como hijas que la llaman cuando necesitan dinero o quieren que les resuelva algo. La buscan por su función, no por su presencia, y aunque eso sea incómodo admitirlo, hay hijos que crecen creyendo que su madre siempre estará disponible, como si ella no fuera una persona con necesidades, cansancio, deseo y una vida propia.
Agneta no solo está sola dentro de su matrimonio, también está sola dentro de una maternidad donde ya no parece ser necesaria emocionalmente, pero continúa siendo la que resuelve.
Y esa diferencia importa, porque ser necesaria no es lo mismo que ser amada y que una familia te llame cuando necesita algo no significa necesariamente que te esté cuidando. Por eso, cuando Agneta decide irse a Francia, no está teniendo una crisis ridícula de mediana edad, no está siendo irresponsable ni está huyendo porque se volvió loca.
Cuando la botaron de su trabajo entendió que la supuesta estabilidad a la que se aferraba podía desaparecer en cualquier momento y, cuando eso ocurre, aprende que ya no tiene sentido seguir sacrificando su vida para sostener una estructura que tampoco la sostiene a ella.
Agneta se va porque quedarse significaba seguir desapareciendo dentro de una vida que ya no tenía nada para ofrecerle. Ella cree que se va para cuidar a un hombre llamado Einar, pero la película demuestra que, mientras ella lo cuida a él, también comienza a rescatarse a ella misma.
Einar es importante porque también conoce el dolor de vivir bajo las decisiones y los prejuicios de otros. La historia de su hijo, a quien no le permitieron ver por su orientación sexual, revela la crueldad de una familia que habla de amor, pero quita ese amor cuando alguien se atreve a ser diferente.
Y eso conecta profundamente con Agneta, porque ella también ha vivido obedeciendo al molde de la esposa que aguanta, la madre que resuelve, la mujer madura que no incomoda y el cuerpo que tiene que esconderse y dejar de desear.

Pero en Francia Agneta encuentra personas que no la necesitan para explotarla, sino que disfrutan de su presencia, la cuidan, la integran y la eligen tal como es, y eso me encanta, porque nos lleva al maravilloso tema de la familia elegida. La familia de sangre no siempre es la que más te ama, la que más te cuida ni la que mejor te conoce; a veces las personas que llegan después pueden ofrecerte más hogar que aquellas con las que compartes apellido, porque te eligen sin obligación, te cuidan sin exigirte sacrificio y no te castigan por ser diferente.
La familia elegida puede ser más poderosa que la familia de sangre, porque no se sostiene solamente en un vínculo biológico, se sostiene en la presencia, en el cuidado y en la libertad de poder ser tú sin tener que ganarte constantemente el derecho a pertenecer.
Y justamente por eso mi comunidad se llama Familia Elegida, porque es un espacio virtual dirigido a mujeres que necesitan sentirse acompañadas, escuchadas y sostenidas sin tener que demostrar nada ni cargar siempre con todo.
Y mientras Agneta empieza a sentirse aceptada y elegida en Francia, también empieza a recuperar la relación con su cuerpo. La escena frente al espejo es de las más poderosas de la película, porque Agneta deja de mirarse con los ojos de su esposo, deja de buscar todo lo que supuestamente está mal en ella y, por primera vez, mira su cuerpo sin desprecio y cambió la mirada con la que ella empezó a verlo, porque muchas mujeres no odian su cuerpo de manera natural, aprenden a odiarlo después de años de críticas, comparaciones, rechazo y relaciones donde las hacen sentir que envejecer es un fracaso personal.
Agneta hace las paces con su barriga, con sus brazos, con su edad y con el cuerpo real que tiene, porque comprende que ese cuerpo sigue siendo suyo y todavía puede darle placer, movimiento, deseo y vida.
Amé verla comer, saborear y disfrutar sin culpa, y esa escena puede parecer pequeña, pero dice muchísimo, porque Agneta no solo vuelve a comer con placer, vuelve a tener hambre por la vida.

Durante años estuvo viviendo bajo control, tratando de encajar, de no ocupar demasiado espacio y de no hacer nada que pudiera provocar rechazo; por eso verla disfrutar la comida es verla recuperar el derecho a sentir placer sin pedir permiso y sin castigarse después.
Entonces aparece el amante, y aunque ese hombre no necesariamente representa el amor sano ni la relación estable que Agneta tenía, entre ellos hay mucha intensidad, deseo, riesgo y adrenalina, y por eso esa relación la engancha, porque después de tantos años viviendo apagada, sentirse deseada, perseguida, tocada y provocada funciona como una descarga endovenosa de vida.
Agneta pasa de sentirse invisible dentro de su matrimonio a sentirse sexy frente a un hombre que la mira con deseo, y esa experiencia despierta una parte de ella que llevaba demasiado tiempo enterrada. El amante no la salva, pero le recuerda que ella todavía puede desear y todavía puede provocar deseo, y eso es muy poderoso para una mujer que llevaba años escuchando que estaba vieja, fuera de forma y completamente desactualizada.
Por eso la masturbación también es tan importante dentro de la película, porque Agneta no recupera su sexualidad solamente cuando un hombre la desea, la recupera cuando vuelve a tocarse, a explorar su cuerpo y a reconocer que el placer también puede nacer de ella.
La masturbación no aparece como una escena escandalosa, aparece como parte de su despertar, porque una mujer que vuelve a tocarse también está diciendo que este cuerpo sigue vivo, este cuerpo todavía siente y este cuerpo me pertenece.
Agneta se siente deseada, sexy y sexualmente activa y en Francia entiende que su sexualidad no murió cuando sus hijas crecieron, cuando su esposo dejó de mirarla ni cuando cumplió 49 años, simplemente quedó dormida dentro de una vida que no le pertenecía a ella.
Me sentí frustrada cuando llegó el esposo a buscarla a Francia, convencido de que Agneta debía regresar porque la vida que tenían era la vida correcta, aunque esa vida solo fuera correcta para él.
Pero él no llega transformado ni dispuesto a escuchar lo que ella necesita, llega a recuperar a la mujer que le organizaba la existencia, porque muchas personas no extrañan realmente a quien se fue, extrañan la función que esa persona cumplía en sus vidas.
Y cuando Agneta lo vuelve a mirar después de todo lo que ha vivido en Francia, entiende que regresar con él no sería volver a casa, sería volver a la cárcel donde vivía asfixiada.
Ese encuentro es fundamental porque le permite comparar a la Agneta que apenas respiraba dentro de su matrimonio y la Agneta que comenzó a vivir y a disfrutar la existencia.
El problema es que cuando una mujer descubre quién puede ser fuera del lugar que la destruye, se hace muy difícil convencerla de que vuelva a encerrarse, por eso Agneta decide quedarse donde puede respirar, volar y volver a ser, no porque Francia sea perfecta ni porque todo lo que encontró allí sea sano, sino porque en ese lugar dejó de pedir permiso para existir.
Por eso Me llamo Agneta no es simplemente una película sobre una mujer que envejece, es una película sobre una mujer que se niega a obedecer el envejecimiento que otros le impusieron.
Porque el cuerpo cambia, pero lo que realmente envejece a muchas mujeres no son los años, es vivir demasiado tiempo en una relación donde nadie las mira, nadie las escucha, nadie las toca con deseo y todos esperan que sigan resolviendo.
También es una historia sobre esos momentos en los que la vida te rompe la estructura que creías segura. Porque que la hayan despedido de su trabajo pudo parecer el final de todo, pero terminó siendo el comienzo de una vida que Agneta nunca se habría atrevido a buscar mientras siguiera en su zona cómoda.
Agneta no se libera solamente cuando se va de su casa, se libera cuando comprende que todavía está viva, que su cuerpo todavía le pertenece y que aquello que parecía un fracaso fue el impulso que necesitaba para dejar de sobrevivir y comenzar a construir la vida que merecía.
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